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Monday, June 30, 2008

Cristo, mi mujer y el azar

Al parecer él siempre estaba preparado para negociaciones de este tipo porque, sin decir gran cosa, de repente armó un escenario de juego. Nos habíamos citado en un bar de mala muerte, que era más bien una despensa de barrio, en la que la dueña había instalado un par de mesas para servir cervezas a los estudiantes del sector. Cuando yo llegué él miraba las opciones de una rocola moderna y luminosa mientras tomaba lentamente una Coca cola. Me acerqué y le dije: “La bendición Señor”. No era mi intención faltarle al respeto, pero no pude evitar el tono de burla. Él lo notó y me miró con extrañeza y algo de desprecio. Me estrechó la mano y me dijo: “Dime Jesús, hijo”.

Nos sentamos en dos taburetes de plástico, la tendera se acercó parsimoniosa a la mesa mientras con la mano derecha se pellizcaba entre las nalgas acomodándose la ropa interior: “¿Qué les sirvo?” “A mí una cerveza”, le dije… “¿Y al Señor?”... “Otra Coca cola”.
Mientras esperábamos las bebidas en silencio me deslumbró con la escenografía del juego. Sacó un tablero forrado con paño verde brillante que ocupaba toda la mesa. Una vez con el tablero armado, Jesús me dijo: “Espero que entiendas que generalmente no pierdo y que en realidad, no es común que haga esto, pero el alma que jugaremos vale la pena no sólo la partida, sino el valor de las Coca colas, unas cuantas canciones en la rocola y la gloria eterna”. Permanecí en silencio.
No esperaba escuchar algo así de un hombre en camiseta blanca, repleto de llagas y que mientras lo decía sacaba de su bolsa una corona de espinas y se la colocaba en la cabeza.

El asunto era complicado: Íbamos a jugarnos a la mujer que yo amaba. Única mujer escéptica que quedaba en el mundo, dueña de una inteligencia privilegiada, un cuerpo agraciado por la lujuria, pero lastimosamente había caído en desgracia. Yo la había traicionado y ella había amenazado con buscar consuelo, venganza y redención convirtiéndose al Cristianismo. Cuando empezó a ir los sábados al culto pensé que se burlaba de mí. Pero luego su vocabulario empezó a cambiar, su actitud era pasiva, su libido había abandonado el hogar y un día me dijo: “Me voy a un concierto”. Yo la seguí en secreto y la vi llorar de devoción con una versión rock balada de ‘Cristo vive en mí aleluya’. Fue cuando asumí que la había perdido.
Me costó mucho trabajo conseguir la cita con Jesús, pero estaba convencido de que la amaba y no la iba a perder de ese modo tan indigno y vanguardista. Entonces, aunque yo ya llevaba las de perder luego de las lágrimas en el concierto de rock, decidí jugármela. Si ganaba, le entregaría al Señor a mi madre, comunista recalcitrante. Él siempre la había querido para él, yo en cambio estaba listo para perderla.

El juego de las almas perdidas en el Cristianismo era sencillo, tal como el monopolio, pero se jugaban recuerdos, momentos en la vida de la persona en cuestión sobre los que cada jugador sabía más. El ganador sería el que acumule la mayor cantidad de propiedades emocionales.
En las categorías infancia y adolescencia perdí sin contemplaciones. Dos propiedades contra millones. Yo no tenía idea de su pasado oculto, de los sábados de catecismo, de las piedritas en los zapatos, del llanto arrepentido luego de cada beso con lengua. Cuando llegamos a la curva de la universidad Jesús se terminaba su tercera Coca Cola y su camiseta blanca tenía grandes manchas de humedad. Había empezado a perder gracias a la marihuana, un profesor de filosofía, una iniciación sexual radical y grupal, y mi aparición rotunda en su vida. Jesús se molestó con ella y giraba la ruleta con fastidio. Hasta que encontró su talón de Aquiles: mi infidelidad. Maldije la hora en la que conocí a esa artista conceptual con la que me acostaba por esos días. Yo pensaba que ella no se había enterado. Llevábamos la vida como siempre. Ahora entiendo todo. Cuando yo iba a ver a mi amante, ella iba al culto. Entonces Jesús asestó uno a uno todos los golpes, se llevó todas las emociones y yo me quedé con un par de trapos sucios de otra época en la que ella aún me amaba.

-Parece que todo está claro ahora, ¿verdad hijo?
-Pero si ésta es la única mujer buena señor, no deberías hacerme esto.
-Yo opino igual hijo, por eso creo tú y tu madre deberían unírsenos y eso pondría fin a tu dolor y soledad.
- Aunque deba empezar a acostarme con mi madre muy pronto, no Jesús gracias. No es una opción. ´

Retiró el tablero, se secó el sudor, se quitó la corona de espinas, nos estrechamos las manos. Él salió primero, mirando a un lado y otro de la calle antes de cruzar. Yo me quedé a tomar otra cerveza y confirmar que la rocola solo tenía música cristiana.

Insomnio traidor

Abro los ojos y exhalo profundamente. Por la ventana a medio cerrar entra una corriente de aire frío acompañada del ruido de la calle húmeda, de los charcos de lluvia salpicados con los restos de la llovizna. El dormitorio está apenas iluminado por la poca luz de la calle que atraviesa las cortinas anaranjadas y amarillas, una sábana de circo parchada a conveniencia para efectos de iluminación. Mi piel pálida bajo el efecto amarillento tiene un tono más cálido y tu espalda morena brilla bajo la luz naranja.

Tu respiración se entrecorta con silbidos agudos. Algún día tendrás que romperte la nariz a ver si así dejas que te coloquen el tabique en el lugar correcto. Me desperezo lentamente, me apoyo sobre el hombro para separarme un poco de tu cuerpo y en silencio te miro dormir, única actividad del día en la que no hay confrontaciones. Tu ojo izquierdo me mira sin querer, tus párpados no se cierran del todo mientas duermes. Debe ser tu modo de vigilar, de demostrar desconfianza continua.

Me siento contra la pared fría y recorro tu brazo descubierto con los dedos del pie. Es extraño cómo a tu lado el sueño resulta tan poco conciliador y detesto admitir que la filosofía de mi madre era verdad: “Hombre con el que no se puede dormir, no se puede vivir”. Aunque al principio, lo que menos me interesaba de estar a tu lado era el sueño. Lo único que deseaba era mantener vivo el ritmo extasiante de tu cuerpo, la velocidad de tu pensamiento, la intensidad con la que destruías el mundo en pocas palabras.
Te rozo con los dedos de mi pie y tu respiración cambia ligeramente, se suaviza un instante para dar paso a un resoplido feroz.

Cómo quisiera empujarte con el pie, ocupar toda la cama para estirarme, doblar las rodillas, acomodar el brazo debajo de la almohada y una vez cómoda mirarte a los ojos y decirte: “Voy a dejarte” “Esta vida es un infierno”.

El frío de la madrugada se intensifica, el dormitorio casi en penumbra y tu naturaleza muerta, pero ruidosa, mantiene intacta su postura. Tengo la espalda gélida y las piernas acalambradas. No puedo vivir así. Todo lo que quisiera es dormir. En realidad, lo que quiero es irme, dejarte. Estiro un poco la cobija para cubrirte la espalda y de repente giras hacia mí, murmuras algo, te rechinan los dientes, pateas las sábanas y tu brazo enorme cae pesadamente sobre mi regazo. Sigues dormido.

Una luz tenue anuncia el amanecer, el fin de otra noche sin sueño. Tengo la cabeza pesada, el insomnio es como una niebla espesa que dificulta la concreción de las ideas. Sin embargo, encuentro en el camino las pisadas ajenas que me devuelven a la realidad. La claridad me enfrenta a tu espalda descubierta y a las mal disimuladas pisadas ajenas. Nunca tuve las uñas largas, por eso me quedo en silencio cuando me responsabilizas de los arañazos que decoran tu naturaleza muerta, muerta para mí, pero cuyo cadáver continúa durmiendo a mi lado y vigilándome con los ojos a medio abrir.

Aunque al principio, lo que menos me interesaba de estar a tu lado era el sueño, ahora preferiría cualquier pesadilla mediocre a este insomnio incómodo, intermitente y plagado de confesiones: las de tu cuerpo dormido poseído por huellas ajenas.
Ahora, cuando todo lo que quisiera es dormir, dormir para alejarme de tu espalda arañada, de la traición que duerme en mi lugar, de la intensidad con la que me destruyes en pocas palabras. Ahora que quisiera soñar, ahora que estoy dispuesta a dejarte, ahora como todas las noches cuando empiezo a tener el valor de empujarte de la cama con el pie…ahora, amanece.

Friday, March 14, 2008

A demoler espejismos

Cambie de opinión (y no elimino este texto del blog)
..."la elemental cortesía" es cuestión de vanidad...toda realidad tiene derecho a ser una ficción sin nombres, sin apellidos, con los parecidos que a cada uno le vengan en gana..y ante todo sin censura...el respeto es una avenida de doble vía en la que circulo y he circulado siempre sin obstaculizar el carril ajeno...

por los buenos tiempos, por la intensidad y con el amor del día uno, del tiempo de los alambres de púas y las piscinas vacías...sin más ira y sin ningún rencor...por la felicidad de haber vuelto del coma y estar vivos otra vez...
_________________

Abrir el corazón, aún cuando predomina la desconfianza es el primer error. Enamorarse cuando uno no cree en el amor, es una premonición fatal. Cuando todo puede ir mal, irá mal y no hay sentimiento que pueda salvar los obstáculos.

Cerrar los ojos y sentir como la persona que amas irradia luz. Sentir que con solo contemplarla el corazón -artefacto útil para estos menesteres- crece, se ensancha, se estira como si todas sus fibras hubieran sido tocadas con luz. Amar así dificulta la respiración, estremece cada poro, ilumina los sentidos. Te veo a los ojos y el mundo a mi alrededor se detiene, puedo oír tu respiración y adorarla. Recorro tu rostro con mis dedos para aprenderlo de memoria. Te contemplo, no me canso de hacerlo, de abrazar tu espalda para sentir que me fusiono a tus latidos. Me acerco, me alejo, reconozco cada ángulo desde el que te amo y sencillamente me doy por vencida, me dejo arrastrar por una marea de sensaciones irracionales, de instantes de fe pura.

Y empieza el caos. Creo en ti. Entrego todo. Olvido las reglas del juego. Pierdo la perspectiva, bajo la guardia y creo….creo en todo, creo en ti, creo en cada suspiro sin capacidad de defenderme.

Para el otro, la certeza de ser amado se traduce en comodidad, en pereza, en pretexto para poner a prueba día a día al amante. Cada prueba es una grieta, una mentira, un golpe al corazón. Y aún así, amarte es soportar cada prueba y volver a creer.

Pero hasta la fe tiene un límite. El amado empieza a perder el interés y encuentra más atractivo el papel de verdugo. Todo lo que diga será usado en mi contra: mis miradas interpretadas como una amenaza, mis miedos como una carga que no está dispuesto a asumir, mis sentimientos como una intimidación. Manipular, atacar, encontrar pretextos para herir, para alejarme y atraerme de vuelta mil veces se convierte en una rutina corriente.

El hombre ha sido amado, pero ha decidido pisotear el amor con los zapatos sucios, mantener en la cuerda floja a una amante a quien a duras penas es capaz de mirar a los ojos. Sus promesas se convierten en impulsos falsos, sus motivaciones en tortura, su discurso en un arma de doble filo.

De eso se trata el amor dirán. De ganar o perder un juego de poder, un juego de dobles sentidos, un juego de sutilezas, de conquistas, de absurdos, de esquizofrenia y persecuciones. No nací ayer, pero en mi ingenuidad caí en la trampa mil veces y perdí.

Cerrar lo ojos y sentir como entregué todo a cambio de un par de instantes, a cambio de un montón de baratijas, de flores de plástico, de amor hecho de papel crepe, de amor de tienda de remates (fake plastic love), de promesas con alzheimer, de caminos que conducen al barranco, de verdades a medias y omisiones vulgares…

Desde hoy borro uno a uno todos los recuerdos, arranco cada página. Cada minuto del pasado es un espejismo, una ilusión óptica, una alucinación. El mundo mental donde habita la felicidad…desaparece hasta dejar de existir...hasta que nunca haya sucedido.

Abrir el corazón fue el primer error de muchos. Elegirte y amarte, un suicidio sentimental del que soy responsable. Tu desamor y los daños perpetuados, una incógnita que ya no pienso seguir descifrando.

Cuando todo puede ir mal, irá mal y no hay sentimiento que pueda salvar los obstáculos.

A demoler espejismos, a reunir todo el valor para asesinarlos uno a uno y seguir. Que un corazón roto es solo eso y nada más…

P.

Sunday, January 13, 2008

Agostos sin amor

Mi capacidad de tolerar insectos tiene una relación directa y estrecha con la infancia y la adolescencia. Cuando mi madre se divorció, como una de la primeras mujeres del tercer mundo en aparecer como una completa desfachatada, yo tenía la obligación legal de pasar tiempo con su ex marido, mi padre.

Salía de vacaciones con él una vez al año en agosto. Casi siempre me llevaba a la playa. Se aburría conmigo, no tenía nada de qué hablar con una niña de 5 años y yo no hacía ningún esfuerzo. Me aburría con él. Nuestras obligaciones legales eran mutuas.

Alquilaba un departamento y contrataba alguien para que limpie mi desorden y nos prepare la comida al medio día. Salíamos a la playa, olvidaba siempre untarme bloqueador, nunca llevaba ningún juguete y no me permitía moverme más de dos metros de donde él se había instalado con dos periódicos. Sin parasol, sin remojarse en el agua, sin baldes, sin palas, sin palabras... Cada agosto en la playa era un infierno.

A los diez años, ya experta en odiar los viajes con mi padre, al menos había aprendido a leer. Mi madre preparaba la maleta e incluía Mujercitas, El Principito, El príncipe y el mendigo y Corazón. Con los labios partidos y la piel curtida me sentaba a su lado. Él con el periódico y yo atorándome literatura juvenil seudo romántica, sin el menor interés sino de lograr que pase el tiempo lo más rápido posible.

Ese año las vacaciones dieron un giro. A él se le ocurrió que sería buena idea pasear y me llevó a una gruta de murciélagos. Mi fobia como la de cualquier ser humano a un bicho tan poco agradable, se manifestó con una reacción violenta. Jamás me hubiera atrevido a decirle que no. Entonces entramos a la cueva. Oí el chillido de los animales, sentí su aleteo pasar sobre mi cabeza, los zumbidos tan cerca de mi, esa presencia maligna de las ratas voladoras que solo había visto en televisión. Vampiros me chuparán la sangre, me dejarán pálida y seca, pensé. Atravesamos la caverna mientras me orinaba. Cuando salimos al otro lado del túnel él tenía la cara iluminada. Sonreía incluso cuando notó la humedad en mi pantalón. Yo le miraba con asombro, con odio, con los ojos inyectados:

- Te gustó?
- .............
- Vas a llorar?
- ..............
- Te measte...que asco, eres una niñita.

Sí yo también sentía asco de él, pero en ese momento no lo sabía. Lo único que tenía claro es que él tenía razón en algo: Sí, era un niñita, pero hasta ese día nadie me había hecho pensar que por eso me orinaría de miedo. Sin embargo, terminado el mal rato tenía la certeza de que si no había muerto entre los colmillos de los murciélagos, a quienes yo creía vampiros, y si no lloraba, entonces sería capaz de cualquier cosa, incluso de volver de vacaciones con el monstruo aquel y dejar de ser una niñita.

El siguiente año no pudimos viajar. Su miserable modo de vida – decía mi madre- le había dejado postrado luego de un infarto. Le vi un par de veces en el hospital, tampoco ahí lloré. Mi madre me decía: Cuando te despidas, siempre piensa que es la última vez que lo harás. Yo me acercaba y le besaba la mejilla fríamente. Pero ninguno de esos fue el último beso.

A mis 13 años retomamos los viajes de verano. Se veía más viejo, más cansado, lucía – a veces pienso que con orgullo- una cicatriz larga y vertical en el pecho con un punto de cada lado de la línea que le cerraba el pecho para evitar que se le caiga el corazón mientras leía el periódico.

Repetimos la caminata por la cueva de los murciélagos, hicimos una para ver mariposas, otra para los anfibios e incluso nos tomamos una foto – separados claro- sosteniendo serpientes. Nunca le diría que detesto los bichos, que debía esforzarme cada paseo por no vomitar o incluso volver a orinarme. Cada nueva criatura a la que debía tocar, observar o fotografiar me lastimaba por dentro y a la vez me creaba nuevas resistencias.

Cuando cumplí 15 me permitió elegir a donde iríamos de vacaciones ese año. Escogí la misma playa de siempre. Tener 5 o 15 años, entre insectos, daba exactamente igual. Mientras mirábamos el horizonte de repente él habló:

- Te gusta ese tipo?

Y señaló sin ninguna precisión a alguno de los jugadores de fútbol al otro extremo de la playa.

- ¿Cuál? Pregunté yo.

- Ah osea que hay alguno que te gusta
- No, ¿por qué?, ¿debería gustarme alguno?
- No se supone que eso les pasa a las niñitas de tu edad
- No sabía, a mi no me pasa nada
- Osea que no te gustan los hombres aún?
- No sé
- Bueno, para cuando te gusten, acuérdate que son todos una mierda
- Bueno.

Una mierda como los murciélagos, los sapos, las culebras y todos los malditos insectos que había aguantado todos esos años, pensé. Es decir, él quisiera que me gusten los hombres como los insectos. Tal vez así seríamos más cercanos, tal vez así tendríamos algo de qué hablar, tal vez me empezaría a considerar igual y no una niñita.

En mi literatura juvenil, que había progresado hacía autores como Conrad y Henry James, no encontraba referencias útiles sobre como debían ser las relaciones entre hombres y mujeres, solo entre seres humanos y sus fobias a los animales, a la selva, a otros seres humanos con instintos de canibalismo y a seres sobrenaturales. No recordaba ninguna anécdota que involucrara a una pareja. No conservaba ningún recuerdo de la relación entre mis padres y veía como ella se consumía entre pretendientes absurdos y deseos abstractos que jamás se materializaban.

Pensé entonces que no debía haber mucha diferencia entre defenderse de los murciélagos y de los hombres y que si había podido hacerlo en una cueva infestada de ellos entonces sería sencillo.

Pasaron algunos años hasta que me involucre con el primero. Mi padre había muerto. El segundo infarto fue rotundo, como si la herida del pecho se hubiera abierto y el corazón hubiera caído de su órbita y al tocar el suelo hubiera explotado. Sucedió mientras dormía, no debió doler.

Era una lástima que no viva para ver mi éxito con los de su especie. El primero me dio tanto asco como los insectos de las vacaciones de verano. Pero era una sensación que pude reprimir con facilidad. Aprendí atentamente los rituales de conquista, apareamiento y ruptura. Ninguno de esos procedimiento me sorprendió entonces. La única constante misteriosa hasta hoy sigue siendo el amor. Supongo que es algo así como la cueva de los murciélagos, una cavidad oscura en la tierra, a la que una se acostumbra una vez que ajusta la visión a tan poca luz y a la sensación de claustrofobia. Con o sin vampiros, el túnel debe ser lo más parecido al lugar donde existe el sentimiento del amor.

Pese a todo, extraño a mi padre. Agosto en la playa no es igual. Aunque ahora regreso a la literatura de la infancia, la combino con la de la juventud y en el sol calcinante intento descifrar el enigma del amor. Nunca uso crema para el bronceado, me siento frente al mar con el libro de cabecera, Mujercitas, extraño el silencio agudo de mi padre y el pasar de las páginas del periódico. Estaría orgulloso de lo bien que evado a los insectos, de cómo dejé de orinarme y de ser una niñita y con toda certeza valoraría mi sabiduría en materia masculina y la facilidad con la que puedo acordarme de sus palabras: todo son una mierda, pero no interesa porque no tengo miedo.


P.

Saturday, April 28, 2007

El hilo de la conversación

Foto prestadita: Nadia Baram (desconocida del Zone Zero, gracias)

Y si de repente todo fuera mentira

Como si estuviera paralizada por el espanto

Y si me mira y me dice: Me alegro por ti

Y yo digo gracias, pero en realidad lo que quiero decir es: No te parece un poco tarde para alegrarte...

Y si me dice que parece un éxito. Y yo agradezco nuevamente, pero en realidad deseo maldecir por haber pasado todas las pruebas de supervivencia para recibir una medallita de mierda.

............


Es demasiado tarde, dos de la mañana anuncia el reloj de pared. Demasiado tarde para seguir en silencio, para seguir de pie, para dar una vuelta más alrededor de la mesa del comedor, para volver a sentarse.
Es demasiado tarde para retomar el hilo de la conversación.
Estamos sentado hace horas en la sala. De vez en cuando me pongo de pie, voy a la cocina, regreso con un vaso de agua te ofrezco algo de tomar, sigues mirando la pared. No respondes. Quisiera pedirte que te vayas, pero en lugar de eso, te ofrezco algo de comer. No aceptas y es mejor, no hay nada de comer.
Me miras de pies a cabeza. Por qué no te sientas?, me dices. Me acerco, me siento y los dos miramos a la pared.
Inclinas tu cabeza sobre mi rodilla y permaneces en silencio.
Para mi la angustia se parece a un bostezo continuo. El cuadro ideal me viene a la mente con frecuencia: cada dos o tres segundos. La película debería ser otra:

Una mujer de piernas largas, cabello recogido y zapatos de taco entra en la sala sin anunciarse. Mira al hombre sentado en el suelo de la sala con los ojos fijos en la nada. Se acerca y le dice: mírame bien, es demasiado tarde!
Él por supuesto atónito, sostiene apenas la mirada, pero ella continúa.

Es demasiado tarde para que estés aquí. Creo que lo mejor es que te vayas.

Es demasiado tarde para retomar el hilo de nuestra conversación. La última vez que escuche tu voz... la última vez, ni siquiera puedo recordar cuándo fue. Así que no eres bienvenido en mi casa.

Ella, la mujer de piernas largas, vestido corto y ceñido enfrenta al hombre impávido de ideas vacías, de contenido insuficiente como para retomar el hilo de alguna antigua conversación.

La película no tiene las piernas largas, ni nada ceñido. Es esta mujer en ropa de dormir, que acepta tu cabeza en sus rodillas, te acaricia el cabello y te dice: Está bien si no quieres comer nada, ni tampoco hablar entonces es mejor que nos vayamos a acostar porque mañana trabajo temprano.

P.

Wednesday, April 25, 2007

Melcochas


Salíamos de la casa, cuando su madre nos detuvo en la puerta para ofrecernos melcochas. Las llevaba en una funda pegajosa y en la dentadura postiza amarillenta. Yo no podía verla a los ojos. Mi mirada se desviaba sin querer a sus encías rosadas, perforadas para sostener puentes, tornillos y esas perlas decadentes mala imitación de dientes. Y ella masticaba con un gesto pausado, dejando entrever como la melcocha se pegaba y despegaba a punto de destornillarle algún diente. Sacudo la cabeza y sonrío, me doy tiempo de mirarla de pies a cabeza. Miniatura de 1, 50 m parada en el umbral de la puerta cubierta con un chal cardenillo y con esas pantuflas de ama de casa resignada hace al menos 45 años.
Le agradezco por su oferta pero paso. A mi edad una de mis posesiones más preciadas son mis dientes, no tengo intención de amelcocharlos para ser parte de la familia política. Pero él acepta. Abraza a su madre, quien despide un olor agridulce, combinación funesta de melcocha y humedad, como la que corroe los muebles antiguos que tiene en la sala cubiertos con una sábana.

Finalmente nos vamos. Acelero el paso para alejarme pronto de su casa, sus olores, su madre. Saco de la cartera un cigarrillo y lo enciendo. Me mira de reojo y se frunce:


- Pensé que ya no fumabas

-Y yo pensé que vos ya no comías melcochas.

Seguimos caminando. Él se apura para alcanzarme.

- Cuál es tu apuro?

- Alejarme de tu casa

- Perdón?

- Umjm

No mido mis palabras. Me detengo y le obligo a detenerse. Cuando le miro ya está masticando una melcocha entera, tiene la boca repleta y no la cierra del todo para masticar. Pensé que estaría molesto por mi comentario, pero él solo mastica como un idiota embobado en el dulce. Entonces me decido.

- Creo que mejor me voy

- A dónde?

- Lejos de tu casa y de vos

Me apuro a la avenida para subirme en el primer taxi que pase. Él no se mueve me mira y me grita, como si se burlara.

- Qué, muy sofisticada para nosotros?

Me volteo de mal humor y mientras para un taxi solo alcanzo a responderle con la misma mala actitud de siempre.

- Sofisticada no, asquienta imbécil!!



P.

Sunday, April 15, 2007

Tristeza con el auspicio de Mr. Cash


And I heard, as it were, the noise of thunder: One of the four beasts saying: “Come and see” And I saw. And behold, a white horse. There's a man goin' 'round takin' names. An' he decides who to free and who to blame. Everybody won't be treated all the same. There'll be a golden ladder reaching down. When the man comes around.
American IV: The Man Comes Around


Me quedo de pie mirando el ropero. Por sugerencia de dos buenos amigos sería más apropiado vestir ropa de colores para contrarrestar la pena. Yo no siento pena, solo un agujero profundo en el estomago. Me esperan en la sala, susurran algo que no puedo comprender. Me tomo mi tiempo, me siento en la cama. Elijo un par de medias oscuras. Alguien toca la puerta, no respondo.

-Estás bien?

-Umjm

-Vienes?

-No, no todavía

- Puedo usar tu abrigo negro

- Umjm

-Gracias, apúrate que nos esperan afuera

De pie, solo con las medias puestas, busco algo que se asocie con su muerte, pero no estoy muy segura de que la muerte combine con nada. Lo único que puedo recordar es el equipo de fútbol que le gustaba. Eso es todo.
Entonces entiendo lo que debo usar. Me calzo un par de zapatillas deportivas, un pantalón negro con rayas blancas, una camiseta oscura y encima de todo un impermeable amarillo.

Salgo a la sala y todos me miran de mala manera.

-Hijita estás segura que vas a usar eso

- Umjm

Salimos todos juntos y todas las miradas sobre mi abrigo impermeable. Es abril, siempre llueve en abril. No veo que les preocupa tanto.
Llegamos al cementerio y una bandera de su equipo de fútbol plantada en el anden nos guía hacia el nicho, uno de sus amigos llora desconsolado y comprendo que es bueno llevar un impermeable en abril cuando la gente llora.
Él nos mira, señala la bandera del ‘Sporting Club’ y comenta:

-Es que él era un hincha a muerte

Entonces pienso que en ese caso elegí con mucha inteligencia el abrigo amarillo. Seguro que el homenaje le sobrecogerá en el más allá. Finalmente llorar no es lo mío, yo prefiero manifestaciones más incomprensibles, menos tradicionales digamos.
La ceremonia es desgarradora. A mi se me desgarra el estomago presiento que podría desmayarme de dolor, pero no sería correcto robarle la atención al difunto. Continúo junto a la procesión como hipnotizada por la pasión de la pena ajena. Involuntariamente pienso en música. Me viene a la mente Johnny Cash en la tumba de June Carter. He oído demasiada música country en las últimas semanas. Recuerdo una canción, Hurt: “ Everyone I know goes away in the end, and you could have it all, my empire of dirt I will let you down I will make you hurt”. Me duele. Recuerdo como me asomé por la puerta semiabierta y pude ver el costado derecho de tu cuerpo desnudo sobre una mesa. Parecía que tenías frío porque tu piel lucía un tono violeta pálido. No sabía que habías engordado tanto en los últimos años. Por eso ya no jugabas fútbol seguramente, pero hincha sí, eso siempre. Hincha a muerte.

La peor parte es la de la lápida. El enterrador golpea la piedra, pone cemento sin escatimar seguro no quiere que nadie abra la puerta para robarse la bandera del ‘Sporting Club’ que llevas en el pecho con orgullo. Fin de la historia. Inmediatamente, como es lo correcto en abril, empieza a llover a cántaros. Todos se mojan y dejan de llorar. Yo aprovecho la confusión para desatarme en llanto. Nadie puede verlo. Tengo la capucha del impermeable puesta. La lluvia no me moja, las lágrimas sí. Cierro los ojos, me concentro en el dolor y espero que todo termine pronto para llegar a casa y encontrar consuelo en la música country, Mylanta y el café que te ofreciste a tomar conmigo para que no esté triste.

P.

Wednesday, April 11, 2007

Los malditos gajes del oficio


Sentada en el mostrador frente a la puerta de vidrio veo como se acerca un hombre corpulento con la cabeza afeitada. Le abro la puerta, saludo con la poca amabilidad que le queda a mi repertorio y recibo la insolente bofetada de su olor a comida rancia. El caballero mide al menos 1,80, pesa unas 200 libras, yo diría 215 con más exactitud. Lleva una camisa de cuadros celeste, con amarillo que tiene una multitud de manchas de aceite alrededor del cuello y a la altura del pecho también. Tiene el lóbulo de la oreja izquierda perforada y lleva un arete dorado con un brillo plateado. Abre la boca para hacer la primera pregunta y presiento que es el peor día de la semana. Son apenas las 08:00, con el estómago vacío me cuesta más trabajo de lo habitual soportar clientela pestilente. El hombre alcanza a articular una pregunta que no comprendo. Por algún motivo en este tipo de negocio las personas suelen hacer preguntas incoherentes y este caballero no es la excepción. Le pido que me repita la pregunta y balbucea algo con su boca enorme, sus dientes cariados y sucios de sarro. Percibo en cámara lenta como su lengua húmeda roza el paladar pastoso y diminutas gotas de saliva salen expulsadas hacia el exterior. Alcanzó a dar dos pasos atrás violentamente. Atinó a taparme el rostro con la mano derecha con pretexto de comezón en la nariz y solo se me ocurre acercarle directo a la cara una lista de precios para que prosiga escupiendo en ella sin herir mi sensibilidad mañanera.
El señor piensa que lo que le ofrezco cuesta demasiado y me acusa con el dedo por ello. Yo levanto los hombros ya sin restos de amabilidad. Me pide una explicación y me parece que su tono de voz se ha elevado demasiado para tratarse de un cliente sudoroso con olor a comida rancia. Le indico con muy poca paciencia que soy solo una empleada y que no he diseñado ni las reglas, ni las tarifas. Mi insolencia hiere sus grasientas 215 libras y me pide que no le falte al respeto. Para entonces ya grita:

- ¡Esto es lo colmo, nunca me han atendido tan mal, usted es una malcriada!

Yo sigo de pie, le miro impávida con mi 1,60 a cuestas cubierta por la sombra que proyecta su desagradable humanidad. Alcanzo a escabullirme del frente me pongo a sus espaldas y le abro la puerta.

Señor, me temo que si usted no se siente a gusto puede elegir otra compañía que le ayude!

- Usted es una insolente voy a reportarla con su jefe.

(Y usted un gordo de mierda, apestoso y miserable incapaz de pagar $60 sin reclamar porque no me hace el favor y se larga antes de que le saque al perro que tengo atrás para que se agarre de su grasiento trasero.)
Es posible soñar. Con el corazón agitado me imagino todas esas cosas que le podía decir antes de que me tire la puerta en la cara y me arruine la mañana . Lo que el miserable no sabe es yo soy mi jefe y que lo más lejos que va a llegar a hacer será reclamarme a mi y con suerte yo tendré el coraje de decirle lo mal que huele y que no se preocupe que a esa empleada que le trato tan mal ya la despedimos.


P.

Tuesday, February 06, 2007

Imperios perdidos


Ella se despertó y mientras se desperezaba entre las sábanas tibias me decía algo en voz muy baja, algo que no podía descifrar porque era una combinación sonora entre palabras y bostezos. Luego se detuvo en uno de sus giros, me miró atenta a los ojos y me dijo:

- Soñé que estaba sentada en la banca roja.

Me impresionó su comentario porque yo por mi parte había soñado las paredes vino tinto de mi habitación. Era uno de esos sueños a lo Julio Cortázar, es decir, el soñador soñado o algo por el estilo.
Yo despertaba en el sueño y veía las paredes rojas a mi alrededor, estaba en mi lado de la cama, cerca del velador y a lado de la puerta. Como sabía que no era posible, volvía a cerrar los ojos y los abría para despertar, pero volvía al mismo lugar.
Así sentía que se me pasaba la noche en el intento de despertar a tu lado en la cama, frente a nuestras paredes blanco hueso y ya no en mi lado favorito de la cama entre mis muros colorados, las repisas, las orquídeas de plástico y la soledad.

En otros tiempos nuestros imperios se parecían mucho a nuestras nostalgias de ahora, pero entonces no sabíamos que eran pequeños paraísos y los ignorábamos por completo.

Me dio las espaldas y apretó la almohada. Sentí que lloraba y no hice ningún esfuerzo por consolarla, sabía que cuando estuviera lista me lo contaría todo y lloraría con la intención de conmoverme, aunque me conoce mejor que eso.


- Hacía calor, me había puesto las sandalias, el vestido playero, salí a tomar sol con un libro en la mano y me senté en la banca roja. De repente el sueño era como una foto, una imagen colorida, nítida y detenida en el tiempo. En un fondo blanco, la banca roja, el césped crecido de un verde intenso y yo pálida reclinada sobre el rojo de madera repleta de astillas.

Volvió a llorar y yo me quedé en silencio contemplando cómo nuestras respectivas tristezas empezaban a llenar la cama como una sombra letal que nos obligaba a darnos las espaldas y continuar con nuestros sueños de paraísos de los que nos habían echado a patadas y sin poder mirarnos a los ojos.

P.

Tuesday, January 16, 2007

Botas vs Tacones


Esperaba que llegaras, tus botas te anunciarían en el andén de madera apolillada. Como siempre pasaron las horas. Las marcaba con mis tacones delgados sobre la alfombra de pelo corto. 125 minutos más tarde te oí entrar. Sacudías con descuido las botas sobre las gradas . Una vez en el umbral me miraste a los pies y te burlaste de mis tacones. Nada peor que ser una mujer que no merece usar zapatos de taco. Te sentaste al borde de la cama sin decir nada. De rodillas frente a ti inicie la tarea -entretenida antes, penosa ahora- de desamarrar los cordones de tus armaduras. Botas negras brillantes con 25 agujeros para anudar cordones negros también. Lo hago con poca paciencia mientras la ceniza de tu cigarrillo cae sobre mi hombro. Una vez desamarradas me miras y me dices que te vas. Nada peor que ser una mujer que no merece a un hombre con las botas desamarradas. Que no me amas. Que prefieres... no explicar. Preparada para este tipo de revelaciones, me sacó los tacones. Sigues sin moverte. Recuerdo con ternura una escena de Underground, pero no la repito. En lugar de ofrecerte mis zapatos te los aviento a la cabeza. Me miras con desdén e intentas pararte pero tropiezas en el metro de cordón negro de tu bota izquierda. Recojo mis tacones y me voy. Nada mejor que ser una mujer con los zapatos puestos cuando es momento de caminar de frente y desaparecer.

Sunday, November 26, 2006

Babyface y la moneda

Babyface me mira a las ojos con cara de desvalida. Le encanta hacer ese puchero con el que cree que todavía puede robar, indiscriminadamente, la atención de niños, ancianos y hombres en edad casadera. Pero a mi manera de ver, nunca estuvo demasiado convencida de ninguna cosa y ella lo sabía...¡Exactamente! Sabía que nunca tendría certezas por lo que desde hace meses llevaba siempre atada a la pulsera de cuero que usa a diario, una moneda - un sucre para ser más exactos – con la que decide todo aquello que puede ser trascendente. Había días, desde que quería ser vegetariana, en que paseaba por el mercado, desataba con la mano izquierda el lazo de la pulsera, tomaba la moneda, y empezaba a sacudirla en su puño cerrado como si fuera un dado. Y luego la arrojaba al suelo, – sistema particular, inventado por ella- se ponía de rodillas y analizaba la decisión de la moneda. Si se trataba del escudo de armas, el cóndor le decía que continúe comiendo carne, si era el Mariscal Antonio José de Sucre, sería cóndor lo que coma en la próxima semana.
Ahora me mira y sus ojos desvalidos empiezan a temblar a punto de las lágrimas. Babyface sacudía la moneda en su puño diminuto cuando yo entré sin golpear a su dormitorio. No estaba muy seguro de cuál había sido la pregunta que formuló, pero cuando abrí la puerta se asustó y la moneda cayó de sus manos al suelo. El puchero se intensificaba y se hacía más patético, mientras se arrodillaba en el piso de madera, para confirmar que la moneda había caído por un hueco. Ambos escuchamos el golpecito, el tintineo al caer, pero sabíamos que sería imposible conocer la decisión de la moneda. Y detrás de Babyface colgaba del techo un nudo infantil, y a su derecha sobre la mesa de noche, la felicidad.


P.

Idea cortesía de C. Rendón, babyface

Thursday, November 23, 2006

Discretos fetiches romanos

Empiezo el día con Atalaya tocando a mi puerta. A través del cristal manchado con las huellas de algún niño que tenía las manos sucias de caramelos veo como se acercan dos mujeres con atuendos absurdos de campiranas en la mitad de la polución. Vestidos de flores, largos hasta las pantorrillas con botones desde el cuello camisero que bajan hasta las rodillas y luego una costura floreada también. Presiento el motivo de su visita y me siento tentada a no atender la puerta, pero lógicamente me ven recostada en una silla por los huecos transparentes que dejaron las manchas de caramelo y tengo que entreabrirles para comprobar que además emanan un olor floral, agua de colonia de a cuatro centavos el cm cúbico. Quien se acerca es un mujer pequeña, debe llegarme al cuello y me inyecta vampiresca su mirada de temor a cristo en la yugular. La otra se queda prudentemente a cinco pasos de la mujer vampiro, sostiene las dos sombrillas – campiranas – y vigila por si hay perros, hombres con escopetas, bandidos con un costal a la mano para secuestrarlas, por qué claro, eso ha sucedido antes a otras hermanas de la comunidad mientras compartían – bendito sea- la palabra del señor.

- Le he traído un mensaje muy importante

- Sí, de que se trata

Pregunto con un cinismo que empieza a dibujarse en mi rostro como esas sonrisas de mal gusto que tienen los que le dan una mala noticia a un desconocido.

- Permítame mostrarle

Saca de una carpeta enorme una de esas revistas... Atalaya. No le permito que se acerque más y prácticamente tiene la portada luminosa de un cristo en ascensión a los cielos en mi cara.

- Disculpe no es de mi interés

- El mensaje de dios es del interés de todas las personas

- No de esta persona en realidad

- Al menos permítame...

- No señora, no gracias

- Asegúrese de leer la Biblia al menos

Sus últimas palabras, mientras guardaba la revista de vuelta en la carpeta y empezaba a voltearse para reemprender su caminata por la campiña del señor, me hizo recordar mi profundo fetichismo religioso de antaño.

- Espere por favor le digo

Parecería que sonríe y que cuando lo hace tienden a ponerse un poca bizca. Dejo la puerta abierta, busco detrás del escritorio en un cajón mi cartera. Estoy segura que de otros tiempos me debe quedar el gesto, casi imploro que me haya quedado en algún resquicio el arma adecuada. Busco en la billetera, detrás de las tarjetas de crédito - la fe verdadera - una estampa de José María Escrivá de Balaguer, reliquia moderna para matar vampiros. Lo tengo!

Sostengo la puerta otra vez, la abro lo suficiente como para dejar pasar al santo del Opus Dei con su enorme aura recién estrenada en el Vaticano.

- Disculpe la demora, yo también quiero compartirle un mensaje.

Le extiendo la mano con el puño casi cerrado para que no vea de que se trata y le pongo en las manos el antídoto.
Me alejo un poco de la puerta para ver su reacción. Voltea la estampa como si fuera el naipe con el que va a ganar una partida de black jack y contiene el aliento. Mira de frente la cara santificada de ese hombre y frunce el entrecejo. Aprieta la mano casi con furia, pero aún con educación campirana. Me mira con sus inyecciones vampirescas clavadas en la yugular y solo atina a decir mientras se acomoda el sobrero de paja irritada

- Qué tenga un buen día, y no se olvide que siempre es bueno leer la Biblia... al menos.




P.

Friday, October 13, 2006

Santa Lucía

Hace un año y medio dejé la gran metrópoli. Mis huesos crujían de dolor cada noche cuando me acostaba entre las sábanas tan frías que parecían estar húmedas. Lograba conciliar el sueño poco antes de que empiecen a rugir las bocinas de los buses escolares, las volquetas que llevaban ripio hacia el centro, los automóviles compactos de cien mil almas corroídas por una rutina de tráfico, impuntualidad y uno que otro accidente en la autopista. Me levantaba pasadas las nueve y arrastraba mis piernas hacia la cocina. Mi rodilla derecha pregonaba una de sus múltiples protestas por contusiones varias y era casi imposible doblarla. Esa mañana mientras miraba por la ventana a dos mujeres que escudriñaban meticulosamente en las fundas de basura supe que no ibas a volver, que la dieta de frutas deshidratadas no iba a mejorar en nada la circulación de mi sangre espesa, que ninguna otra noche iba a sentir calor y que sinceramente estaba harto de abrir todas las tardes el buzón y encontrar solo los papeles de caramelo con los que los hijos de la vecina le atiborraban.

Entonces decidí venir a Santa Lucía. Fue lo más lejos que pude llegar con este par de piernas lisiadas. Encontré una señal en la carretera en la que estaba pintada la santa y tenía en la mano derecha dos ojos en un cofre de vidrio. La ilustración era entre tenebrosa y colorida como todo lo que hay en este pueblo. Me instalé en el segundo piso de la casa de Carmen una veterana que vende rosarios a la salida de misa y desde ese día no he vuelto a la ciudad.
Santa Lucía es apenas un caserío en ruinas al que han abandonado hace un cuarto de siglo, la soledad de las calles de tierra es tan inminente que me consuela saber que mi soledad es apenas un poco de polvo comparada a la suya. Las paredes de piedra, de tierra, de ladrillos se desmoronan como si fueran terrones de azúcar descoloridos. Los paisanos cubiertos con mantillas esconden sus rostros en misa y desaparecen a la salida como fantasmas.
Todas las tardes me siento en la plaza y leo las páginas amarillentas de uno que otro periódico de 1980 que he podido rescatar del gallinero de Carmen. Le ayudo a desenredar los rosarios para los días de fiesta. A veces me ofrezco a ayudarle a hacer el pan de dulce que su nieto se lleva a vender en la provincia. Las noches son largas y ventosas. El silencio aúlla sin contemplaciones, golpea las ventanas y me golpea en el pecho como un acto de contricción demoledor.

Desde que llegué he intentado ahorcarme dos veces con las enormes cuentas de un rosario de madera que cuelga sobre mi cama, pero el cristo siempre me gana con su peso sólido y la balanza de mi vida insostenible le favorece a él.

No extraño la ciudad, tampoco extraño mi pierna derecha, amputada hace seis meses por un curandero de la provincia, ni mi buzón lleno de papeles de caramelo. Los días se ciernen en Santa Lucía como harina en un colador sin agujeros, mientras espero una aparición que me confirme que he muerto.

Monday, May 29, 2006

Ojos que no ven presienten




He recorrido todas las avenidas de la pena, he ido y regresado del infierno de las calles empedradas recogiendo una a una tus pisadas en el pequeño ataúd de mi nostalgia. Me he asomado a todos los espejos, ventanas, vitrinas donde pueda recuperar el sentido de tu reflejo; exhalo un vaho caliente y con una manga de mi abrigo lo retiro y tu imagen se diluye.
He navegado en sueños tormentosos y con una red he atrapado tu nombre, tu sonrisa, tus negativas y las he sumergido en mis lágrimas hasta dejarlas sin aliento.
Pero mientras más me alejo de tu imagen más renuente es la memoria, más imperante la nostalgia, superlativamente mayor el deseo de rendirme en la batalla contra la memoria del desamor.
Me he arrancado los ojos para no encontrarte en mis retinas, para olvidar tu palidez, la medida exacta entre tu quijada y tus labios.

Suponía que al borrarte, moriría el deseo, pero han pasado los meses, llevo un parche en cada ojo y tu estampa sigue intacta. El lunar sobre el borde de tu labio como una estrella, como una marca en la brújula me lleva inevitablemente de vuelta a la perdición. Parto desde él para alcanzar con las yemas de mis dedos tus parpados semiabiertos, resbalar la mirada hacia el capricho de la curva de tu nariz e ignorar por completo tu ausencia; mientras dos ojos menos me dan la certeza de una demencia inescrutable y un final imposible.

Saturday, April 29, 2006


Redescubriendo la soledad

La angustia del corazón quebradizo me lleva a la calle. El bullicio y la multitud me permiten esconderme del silencio brumoso que me carcome. Me avalanzo a las avenidas citadinas: 50 autos en cada semáforo, detenidos, ansiosos, violentos. 40 personas por cada cruce, abalanzándose sobre los autos para atravesar las calles en manadas sedientas y entorpercidas por el ruido y la contaminación.
Cae la tarde en una ciudad poblada de gestos absurdos y rostros grotescos. Me muevo torpemente entre la masa sudorosa, entre el miedo de la gente a ser atracada en cada esquina. Yo con las manos en los bolsillos, la mente en blanco y el corazón involuntariamente envuelto en una pena radiante, enorme, indisoluble.
Avanzo por la calle, guiada por la multitud, entro a un centro comercial de vitrinas brillantes, poblado de mercadería importada, o tal vez lo correcto sea decir de contrabando. Basura china con leyendas gringas, chanel con etiquetas de taiwan, fragancias empalagosas como para perfumar un funeral. Miro los esperpentos de plástico que lucen trapos de lentejuelas y poliester y me sobrecoge la fealdad, los lunares de carne de las dependientas, el olor a incieso barato, también de imitación, tanto que produciría naúseas hasta a buda.
Me sostengo del vértigo que me impide planear desde el décimo piso y caer espiraladamente sobre el techo del carrusel de la planta baja.
Intoxicada por la estética de la fealdad devuelvo mi espíritu al borde del asco a la calle.
Afuera, luces a medias, 60 carros por semáforo, 50 personas apuradas por cruzar a la siguiente esquina.
Continúo en pie hipnotizada por el tráfico y los empujones. Escucho a medias las conversaciones de la gente. Me intereso poco, me agoto rápidamente, empiezo a desvanecerme mientras busco algún refugio más apropiado.
Mi torpeza me desconcierta, solo atino a entrar a un supermercado, paseo la mirada por los letreros de cada sección, se me nubla la vista pero encuentro sin problema el atajo a la sección de licores.

Encuentro tu rostro en el de una botella de 'cointreau', y a pesar de que es un licor que me produce repugnancia no soy capaz de hacer ninguna relación mental que tenga el más mínimo sentido.
El silencio íntimo en contraste con la veritginosidad con la que se mueve todo a mi alrededor me confude, renuncio a los licores, es muy temprano, me conformo con una taza da café.
Consigo una mesa aislada, me retiro, me inundo de pensamientos oscuros, me duelen las plantas de los pies, me palpita la cabeza como su hubiera corrido una maratón con destino a la desgracia.
Frente a mi un hombre solo en una mesa, toma capuccino, café de damas. El hombre me mira, finge que escribe, o escribe y sin disimulo me mira, yo enciendo un cigarrillo y mi mirada encuentra a 300 metros una puerta de salida. El hombre me mira aún, sin ningún gesto en el rostro.

Me aburro, aflojo el botón de la blusa y el hombre me mira impávido. La puerta de salida sigue ofreciéndome mayor deleite que esas miradas tibias.
Llega una mujer lo sorprende por la espalda, él sonríe y la besa en los labios, ella se sienta frente a él; recorta con su melena insignificante la figura del hombre cuya mirada se diluye mientras contempla su rostro.
Me queda la puerta de salida, me pongo de pie, me alejo, empujo la puerta, hace ruido al abrirse pero nadie voltea. Vuelvo a la calle, es de noche. No hay mayor silencio que el de mi corázón que experimenta un ultimátum, se despostillan las aristas y antes de cerrar los ojos a la grieta que abre mi nostalgia evoco tu rostro pálido y sin ninguna esperanza.


P.